Había una vez un príncipe precioso, lleno de
virtudes y buenas costumbres. Un ángel que llenaba de luz donde estuviera, una
sonrisa que alegraba a cualquiera que alcanzara su belleza, un corazón tan
noble que enamoraba a todas las doncellas del reinado y además bien parecido
que robaba los suspiros de doncellas y plebeyos de la comarca. Todo aquel que
le conocía, se daba cuenta que no sólo era hermoso en su exterior, pero también
en su interior, su bondad, humildad y carisma, y un poco modesto; eran notorios
al primer encuentro. Pero este príncipe no quería reconocer ninguna de aquellas
virtudes suyas con las que había sido bendecido. Una vez había perdido su
corazón en una batalla, y el amor de su vida ya había partido, pensando jamás
algún día poder conocer el amor otra vez. Un buen día, pasaba por la comarca la
visita de otro príncipe, un príncipe esbelto, de cabeza brillante, no sólo por
su falta de cabello, pero también su reconocida inteligencia, montado en un
bello corcel blanco y su flamante armadura; también estaba de buen ver, y
poseía muchos talentos. Se rumoraba por el reinado, que venía de familia
burgués reconocida, poseía títulos de nobleza, y había ganado varias batallas;
las doncellas suspiraban por el príncipe Harry cuando pasaba por las calles
principales hacia el castillo principal, nunca había sido invitado y fue de
casualidad que él, junto con su escolta buscaban donde pasar la noche, ya que
se avecinaba una tormenta, y tendrían que buscar refugio.
Durante la visita, tanto el príncipe Harry como
Andrew, disfrutaron de un festín y compartieron con sus familias la celebración
de aquella nueva amistad. Si bien, no fue amor a primera vista, sus corazones
sabían y reconocían el valor que tenía cada uno. Tenían mucho en común, y
disfrutaban conversando de aquellos temas que no compartían, aprendiendo uno
del otro. Tal fue la alegría y el buen compartir de los príncipes, que la
estadía que era temporal, se fue extendiendo hasta por dos o tres meses; sin
embargo, Andrew sabía que Harry debía volver a su propio reino, y seguir su
vida normal, lo que hizo incrementar lo que sentía en su corazón, su miedo a
perder de nuevo y seguidamente anunció la necesidad de un viaje importante para
beneficio de su propio reino. Tristemente Harry no pudo despedirse, ya que
Andrew había decido partir sin siquiera despedirse, ya que partía su corazón
tener que decir adiós. Harry resignado, tomó su escolta, y regresó a sus
tierras, con la esperanza y emoción de volver a saber de Andrew tan pronto
volviera de su viaje.
Andrew no quiso hablarle a Harry, sabía en sus
entrañas que le lastimaría, que no era suficiente para él, y claro estaba, los
reinos de ellos no estaban destinados a estar nunca unidos, aun cuando sabían
que uniendo sus fuerzas, guerreros y arcas, serían un Principado muy fuerte y
no sería fácil de vencer por los enemigos. Harry buscaba la forma de enviarle
mensajes a Andrew, regalos, y cuanto tuviera a su alcance para llamar su
atención como una vez lo hiciera en su primera visita al Castillo Gris. La
respuesta de Andrew, llegaba de vuelta al Castillo Azul, diciendo que no era
digno de tales regalos y agasajos, que faltaban riquezas, y edad, que sus
terrenos no eran lo suficientemente fértiles y que, Harry, merecía lo mejor.
Algo más que un Sapo, a quien faltaba más que un beso para ser ese príncipe.
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| El Bello Durmiente |
Harry tampoco sabía de verdad si era el momento
indicado, pero es que no se había sentido así antes. A pesar de estos pequeños
inconvenientes, Harry se sentía lleno, seguro de sí mismo, protegido,
emocionado, y andaba desde aquel entonces, con una sonrisa en los labios y un
brillo especial en su cara, el cual se reflejaba en el espejo, y era feliz.
Harry, quería darse la oportunidad con Andrew, no le importaba si aquel reino
era lo suficientemente fértil, él tenía el suyo y sabía que iba a ser
suficiente para los dos, y sabía en su corazón, que Andrew no era un Sapo, que
ya era Príncipe, y de quererse los dos, serían Reyes.
Dani Martin - Emocional
Todavía esperamos escribir el final de la historia... recibir la inspiración para su desenlace.

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